LA VIDA EN TRÁMITE
kike Raw – 2026
Khawla pensaba a menudo en su padre. Tenía cáncer y ella estaba en España, lejos de Marruecos, esperando unos papeles que le permitieran regresar de visita. Durante la entrevista nos habló de él con la naturalidad de quien habla de alguien que forma parte de cada uno de sus días. «Pienso todo el día en mi padre, en mi familia, en mis hermanos, pero sobre todo en mi padre», nos contó. Quería volver a verlo, sentarse con él, compartir de nuevo esos momentos cotidianos que, cuando estamos cerca de quienes queremos, rara vez pensamos que algún día podrían convertirse en recuerdos.
Khawla había llegado a España buscando una oportunidad. Había estudiado enfermería y quería trabajar en una profesión que sentía como una vocación. «Yo quería hacer ese trabajo con todo mi amor. Lo quería de corazón, no simplemente porque quisiera hacerlo», explicó. Pero las condiciones laborales en Marruecos no le permitían imaginar el futuro que deseaba. Según nos contó, podía trabajar todo el mes y cobrar unos 250 euros. Quería progresar, ganar independencia y construir una vida diferente. Antes de viajar, trabajó en distintas ocupaciones para reunir el dinero necesario y afirma que pagó 14.000 euros por el visado. Dejó atrás su casa y a su familia con la esperanza de que el esfuerzo tuviera recompensa.
La llegada, sin embargo, no fue como la había imaginado. Tras aterrizar en Madrid, se marchó a Almería para vivir con unos familiares, pero tuvo que irse al poco tiempo. Después encontró refugio durante tres meses en casa de otro primo, en Calahorra. Khawla recuerda con agradecimiento aquella ayuda, pero llegó un momento en que se quedó sin un lugar donde vivir. Pasó una semana en la calle hasta que una amiga que había estado en el centro de acogida de Cruz Roja en San Blas le habló de aquel recurso. Cuando la entrevistamos, llevaba allí tres meses. Tenía un techo y podía cubrir sus necesidades básicas, pero seguía sin haber alcanzado aquello que la había traído a España: la posibilidad de trabajar, independizarse y empezar de nuevo.
Alejandro Martínez, integrador social de Cruz Roja, conoce bien esa distancia entre llegar a un país y poder construir una vida en él. En el centro acompañan a las personas residentes en la búsqueda de empleo, la formación y el aprendizaje del español, además de ofrecer alojamiento, manutención y apoyo psicológico y jurídico. La estancia es temporal y, cuando termina, toca seguir adelante. «No vienen a vivir del cuento, vienen a construir y construyen la mayoría desde cero», afirma Alejandro. Lo dice desde su experiencia profesional, pero también desde su propia historia familiar: su abuelo es marroquí y llegó a España durante la dictadura franquista. Al principio, también tuvo que vivir en la calle.

Para Khawla, empezar de cero significaba encontrar un trabajo y conseguir dinero suficiente para alquilar una habitación. «Una habitación son 500, 600 euros. Muy caro, muy, muy caro», nos explicó. En Madrid, el precio medio de una habitación alcanzó los 550 euros mensuales durante el segundo trimestre de 2026, según datos publicados por Idealista. Sin ingresos estables, reunir esa cantidad resulta difícil. A ello se sumaba la espera de sus papeles, que condicionaba sus posibilidades y le impedía regresar a Marruecos. Su futuro estaba pendiente de un procedimiento administrativo, pero su vida no se había detenido. Seguía echando de menos a los suyos. Seguía pensando en su padre.
También nos habló de las dificultades de sentirse acogida en un lugar nuevo. Ha vivido situaciones de racismo, especialmente cuando habla árabe, lleva hiyab o practica el Ramadán. No dice que todo el mundo la trate mal, pero recuerda miradas y gestos que le han hecho sentirse fuera de lugar. En medio de esas experiencias, su familia seguía siendo un punto de referencia. Cuando le preguntamos qué echaba más de menos, no respondió con una idea abstracta de Marruecos. Habló de las personas a las que quería. Recordó las salidas en familia, las comidas fuera de casa y los viajes en los que su padre la acompañaba. No necesitaba describir grandes acontecimientos para explicar lo que significaba estar lejos: bastaban aquellas pequeñas escenas de una vida compartida.

Hay algo especialmente duro en tener que construir un futuro lejos de casa cuando alguien a quien quieres está enfermo. Khawla había tomado la decisión de emigrar para mejorar su vida, no para alejarse de su familia. Quería trabajar, encontrar su sitio en España y, al mismo tiempo, conservar la posibilidad de volver a Marruecos. Pero entre esos dos deseos se interponían la falta de recursos, la dificultad de encontrar vivienda y una situación administrativa que todavía no había conseguido resolver. Mientras esperaba, los días seguían pasando. Y al otro lado de la frontera estaba su padre, al que quería volver a ver.
Dos días después de nuestra entrevista, su padre murió.
Khawla seguía en España, esperando sus papeles para poder regresar a Marruecos. No pudo acompañarlo en sus últimos días ni despedirse de él. Cuando hablamos con ella, nos había contado que pensaba en su padre todo el tiempo, que quería verlo y que le preocupaba su enfermedad. No sabía que aquella conversación quedaría atravesada por una ausencia definitiva. No podemos saber qué habría ocurrido si sus circunstancias hubieran sido otras, ni cuánto habría cambiado su historia una resolución más rápida. Pero sí sabemos que, mientras intentaba encontrar una manera de empezar de nuevo, perdió la oportunidad de volver a estar con él.

La inmigración suele contarse a través de cifras, permisos y debates políticos. Según el Instituto Nacional de Estadística, a comienzos de 2025 casi una de cada cinco personas residentes en España había nacido en el extranjero. Detrás de ese dato hay historias muy distintas, pero todas recuerdan algo que a menudo se pierde en las discusiones generales: quienes emigran no dejan de tener una familia, recuerdos y personas a las que necesitan cerca. La posibilidad de construir una vida en otro país depende del trabajo, la vivienda y la situación administrativa, pero también de algo que no aparece en ningún expediente: el tiempo que cada persona puede compartir con quienes quiere.
La vida de Khawla sigue en trámite. Sus papeles, su trabajo y su futuro continúan pendientes. Pero hay una espera que ya no puede resolverse. Su padre ha muerto mientras ella intentaba encontrar la manera de volver a casa. Y hay ausencias para las que no existe documento, permiso ni procedimiento capaz de devolver el tiempo perdido.

