KURDOS: ni su GUERRA, ni su PAZ
Atrapados en una guerra que no es la suya, los kurdos vuelven a ocupar el lugar más peligroso: el centro del tablero. En Oriente Próximo, estar en medio nunca ha sido una opción, sino una condena recurrente.

Hay algo profundamente perverso en cómo funciona Oriente Próximo: puedes no tener Estado, no tener asiento en ninguna mesa de negociación, no decidir absolutamente nada… y aun así acabar siendo decisivo en todas las guerras. Eso es exactamente lo que les está pasando, otra vez, a los kurdos.
Territorio útil, población prescindible
La escalada entre Irán, Israel y Estados Unidos no va de ellos. No tiene que ver con su identidad ni con su proyecto político. Y, sin embargo, vuelve a colocarles en el mismo lugar de siempre: el de territorio útil y población prescindible. El Kurdistán —especialmente en Irak— es hoy una pieza estratégica, un espacio desde el que presionar a Irán, una retaguardia posible, una frontera porosa. Y cuando un territorio se vuelve útil para otros, deja de pertenecer por completo a quienes lo habitan.
Ahí empieza el problema.
Elegir cómo perder
El dilema kurdo no consiste en elegir bando, sino en elegir cómo perder. Colaborar con Occidente implica convertirse en objetivo de Teherán. No como hipótesis, sino como rutina: los ataques a posiciones kurdas en los últimos meses no son advertencias, son hechos. Mantenerse al margen, en cambio, implica perder valor. Y cuando los kurdos pierden valor estratégico, pierden también protección. Es un equilibrio imposible: ser lo suficientemente útiles como para que te apoyen, pero no tanto como para que te destruyan.
La trampa de la oportunidad
Cada cierto tiempo, la historia les ofrece a los kurdos lo mismo: una oportunidad. Lo fue la caída de Sadam, lo fue la guerra contra ISIS, lo fue Siria. Siempre bajo la misma promesa implícita: esta vez puede ser diferente. Nunca lo ha sido. En cada uno de esos momentos, los kurdos fueron imprescindibles en el conflicto y perfectamente negociables en la paz.
Por eso la pregunta ahora no es qué pueden ganar, sino quién está dispuesto a sostenerlo cuando deje de ser útil.

Además, el problema no es solo Irán. Es el miedo estructural de la región. Cualquier avance kurdo activa automáticamente las alarmas en Turquía, en Siria y en el propio Irak. No por lo que hacen, sino por lo que representan: la posibilidad de que un pueblo sin Estado deje de serlo. Y eso, en Oriente Próximo, sigue siendo inaceptable.
Los kurdos llevan décadas siendo imprescindibles en la guerra e incómodos en la paz. Esa es su verdadera condena. No perder siempre, sino no jugar nunca su propia partida.
En Oriente Próximo, las guerras no las ganan quienes luchan en ellas, sino quienes consiguen no ser arrastrados. Y los kurdos llevan demasiado tiempo siendo arrastrados como para creer que esta vez será diferente.
Otra vez, están en medio. Y estar en medio, aquí, no es una posición: es una condena.
