KABUL: ASÍ QUE PASEN 5 AÑOS
15-08-2026
El 15 de agosto de 2021, los talibanes volvieron a tomar Kabul y Afganistán volvió a ocupar nuestras pantallas. Durante unos días, el mundo miró a un país que llevaba dos décadas de guerra y ocupación extranjera. Cinco años después, los talibanes siguen en el poder y millones de afganos continúan viviendo las consecuencias de aquel día. La diferencia es que nosotros hemos dejado de mirar.

Hay países que desaparecen antes de desaparecer. Afganistán es uno de ellos. El 15 de agosto de 2021, hace hoy cinco años, Kabul se convirtió durante unas horas en el centro del mundo. Las imágenes llegaban continuamente: los talibanes entrando en la capital, el palacio presidencial, las calles llenándose de hombres armados, el aeropuerto convertido en una enorme masa humana de personas que intentaban escapar. Durante aquellos días parecía imposible mirar hacia otro lado.
Afganistán volvía a estar en todas partes después de veinte años de guerra, de tropas extranjeras, de promesas de reconstrucción y de una intervención que terminaba de la misma manera en que muchas otras guerras han terminado a lo largo de la historia: con quienes habían venido a cambiar el país marchándose mientras quienes se quedaban intentaban averiguar qué iba a ser de sus vidas. Las fotografías del aeropuerto de Kabul dieron la vuelta al mundo. Las familias se agolpaban frente a las vallas, los soldados estadounidenses trataban de controlar el caos y miles de personas buscaban una salida antes de que se cerrara la última puerta. Durante unos días, Afganistán volvió a importarnos, pero después dejamos de mirar.
No ocurrió de un día para otro. Primero desapareció de los informativos diarios, después de las portadas, después de las conversaciones. Las imágenes de Kabul fueron sustituidas por otras imágenes, como siempre sucede. Llegó otra guerra, otra crisis, otra elección, otro desastre. Y Afganistán quedó reducido progresivamente a esas noticias que aparecen de vez en cuando para recordarnos que sigue existiendo: una nueva prohibición contra las mujeres, una ejecución, un atentado, un terremoto, una declaración de los talibanes.

Nos cuentan lo suficiente para que sepamos que allí continúa pasando algo, pero no lo suficiente para que recordemos que aquello que comenzó el 15 de agosto de 2021 no terminó aquella semana. Porque para millones de afganos aquel día no fue el final de una noticia internacional, sino el comienzo de una nueva vida. Una vida en la que las mujeres han visto, a través de las rejillas, cómo se estrecha hasta límites insoportables el espacio que pueden ocupar en la sociedad, en la que niñas y adolescentes han visto cerrar las puertas de las escuelas y en la que muchas personas que habían trabajado durante aquellos veinte años en instituciones, medios de comunicación o proyectos vinculados a la presencia internacional han tenido que esconderse, marcharse o asumir que el país que habían conocido ya no existe. Quizá lo más incómodo de todo sea precisamente eso: que la historia continuó cuando nosotros dejamos de contarla.
Estamos acostumbrados a pensar que las grandes tragedias tienen principio, nudo y desenlace. Una guerra empieza, se desarrolla y termina. Un régimen cae, otro llega al poder y la noticia se acaba cuando los periodistas abandonan el lugar. Pero la realidad no funciona así. Para quien pierde su trabajo, para quien deja de poder estudiar, para quien tiene que esconder una cámara, una acreditación o un pasado profesional, la noticia no termina cuando desaparecen las cámaras. La noticia se convierte en vida. Y la vida, a diferencia de la actualidad, no tiene la obligación de ser espectacular.
Es precisamente ahí donde el periodismo se encuentra con uno de sus mayores problemas: nuestra atención está diseñada para perseguir lo excepcional, mientras que las consecuencias más profundas suelen ser lentas, silenciosas y repetitivas. Una mujer a la que se le prohíbe estudiar es noticia. Que miles de mujeres pasen años sin poder hacerlo deja de serlo. La primera escuela que cierra puede ocupar un informativo. Las miles que permanecen cerradas durante años se convierten en una cifra. Y cuando una tragedia se convierte en cifra, empieza también a desaparecer de nuestra imaginación.

Esto no significa que debamos sentirnos culpables por no poder estar pendientes de todo. Es imposible. Hay demasiadas guerras, demasiadas injusticias y demasiadas personas sufriendo como para que nuestra atención alcance todos los lugares al mismo tiempo. Precisamente por eso existe el periodismo. Para mirar allí donde nosotros no podemos mirar. Para volver cuando la actualidad se ha marchado. Para recordar que detrás de una cifra hay una persona y que detrás de una fotografía que dejó de circular hace cinco años continúa existiendo alguien que sigue viviendo las consecuencias de aquello que fotografiamos. El problema aparece cuando confundimos la desaparición de una historia de nuestras pantallas con la desaparición de esa historia en el mundo.
Afganistán es también un ejemplo de algo que quienes trabajamos con imágenes conocemos demasiado bien: una fotografía puede conseguir que millones de personas miren durante unos segundos, pero no puede garantizar que sigan mirando después. Las imágenes de aquel agosto fueron extraordinariamente poderosas porque condensaban en un instante la dimensión de lo que estaba ocurriendo. Una multitud intentando atravesar una valla, un avión despegando mientras cientos de personas corrían detrás, una madre tratando de entregar a su bebé a un soldado. Imágenes que se quedaron grabadas en la memoria colectiva. Pero ninguna fotografía puede contar por sí sola lo que ocurre cinco años después. Para eso hace falta volver. Hace falta preguntar. Hace falta escuchar. Hace falta permanecer cuando ya no queda nada espectacular que fotografiar.
Y quizá esa sea una de las diferencias entre cubrir una historia y contarla. Cubrir una historia es llegar cuando está ocurriendo. Contarla implica intentar comprender qué queda cuando todo ha terminado. En Afganistán, lo que queda no es únicamente una bandera diferente sobre los edificios oficiales ni una fotografía de los talibanes entrando en Kabul. Quedan personas que tenían una vida antes de aquel día y que han tenido que reconstruirla después. Quedan mujeres que estudiaban, trabajaban o simplemente podían decidir con mayor libertad qué hacer con sus vidas y que hoy viven bajo unas restricciones que han ido aumentando. Quedan periodistas, fotógrafos, profesores, traductores, activistas y ciudadanos anónimos que tuvieron que elegir entre quedarse y enfrentarse a un nuevo régimen o abandonar su país. Quedan también quienes nunca tuvieron la posibilidad de marcharse y que han seguido viviendo allí mientras nosotros, desde la distancia, pasábamos página.

Cinco años después, Afganistán no necesita volver a convertirse durante una semana en el gran tema internacional. Necesita algo mucho menos espectacular y mucho más difícil: que no lo olvidemos. Que entendamos que una noticia no deja de ser importante porque ya no sea nueva. Que una guerra no termina porque deje de aparecer en televisión. Que una dictadura no se vuelve menos grave porque nos hayamos acostumbrado a ella. Y que las personas que aparecen en nuestras fotografías no dejan de existir cuando dejamos de publicar sus rostros.
Hace cinco años las cámaras llegaron a Kabul para contar la caída de un país que durante dos décadas había ocupado nuestras pantallas. Poco después, las cámaras se marcharon y Afganistán volvió a quedarse lejos. Pero Afganistán nunca dejó de estar allí. Quizá la pregunta que deberíamos hacernos hoy no sea qué ha pasado en Afganistán durante estos cinco años. Quizá sea qué ha pasado con nosotros durante estos cinco años desde que dejamos de mirar.

