Gaza: ¿EL SALVOCONDUCTO DE NETANYAHU?

Tras la firma del plan de paz para Gaza, se cierran tantas heridas como incertidumbres se abren. La pregunta que sobrevuela no es si el tratado funcionará, sino cuánto tiempo resistirá antes de volver a romperse.

El texto del acuerdo, poco preciso y cargado de condicionantes difíciles de cumplir, deja sin resolver cuestiones de enorme calado: el estatus de Jerusalén, el futuro político de Gaza y el papel de Hamás en la reconstrucción. En otras palabras, el conflicto se detiene, pero no se soluciona.

El documento exige el desarme total de Hamás, una medida que suena más a deseo que a posibilidad. Tras dos años de guerra, el grupo islamista no ha mostrado la más mínima voluntad de cooperar ni de liberar a los civiles que dice proteger. Pretender que entregue las armas sin garantías políticas o territoriales es, en la práctica, un imposible.

Del otro lado, Israel debería retirar todas sus tropas de la Franja, el punto más espinoso del pacto. Y aquí entra en juego el nombre que eclipsa cualquier otro: Benjamín Netanyahu.

El primer ministro israelí sobrevive políticamente gracias a la guerra. Enfrentado a un rechazo generalizado dentro del país, acosado por causas judiciales y una orden de detención internacional por crímenes de guerra, Netanyahu ve en la prolongación del conflicto su única tabla de salvación. Soltar el poder podría significar, literalmente, su entrada en prisión.

Su partido, el Likud, gobierna con una mayoría parlamentaria endeble, sostenida por una coalición de formaciones ultraconservadoras y religiosas que amenazan con retirarle el apoyo si cumple con lo pactado y desmoviliza al ejército en Gaza. Romper el acuerdo, por tanto, podría servirle para mantenerse en el cargo; respetarlo, en cambio, podría costarle el puesto y su libertad.

Pero volver a la guerra tendría un precio altísimo. Estados Unidos, principal artífice y garante del acuerdo, podría retirar el respaldo militar, económico e institucional a Israel si Netanyahu traiciona la tregua. A nivel regional, la ruptura también supondría un aislamiento severo: varios países musulmanes que habían comenzado a reabrir canales diplomáticos con Israel cerrarían la puerta de golpe.

La reconstrucción de Gaza: una tarea imposible sin cooperación

Si la paz ya es frágil, la reconstrucción de Gaza es aún más incierta. El acuerdo menciona fondos internacionales para rehacer la Franja, pero no especifica quién pagará la factura ni bajo qué condiciones. Estados Unidos, la Unión Europea, Catar y Egipto han prometido asistencia financiera, pero el proyecto está lleno de trampas burocráticas y obstáculos políticos.

Israel mantiene el control sobre los pasos fronterizos y las importaciones, lo que significa que ningún saco de cemento, barra de acero o generador eléctrico podrá entrar sin su autorización. En guerras anteriores, ese control se ha usado como herramienta de presión: Tel Aviv ha bloqueado materiales “de doble uso” —como el hormigón o el metal— bajo el argumento de que podrían emplearse para construir túneles o fortificaciones de Hamás.

Esto deja a la población civil atrapada entre la devastación y la dependencia. Miles de edificios, hospitales y escuelas necesitan ser levantados desde cero, pero la reconstrucción dependerá del visto bueno del mismo país que los destruyó.

Catar y Egipto, principales mediadores del acuerdo, juegan un papel crucial. El primero, con músculo económico; el segundo, con el control estratégico del paso de Rafah, única salida de Gaza que no depende de Israel. Ambos países buscan ganar influencia regional presentándose como garantes de la estabilidad. Pero su papel será más diplomático que operativo: sin la cooperación israelí, cualquier intento de reconstrucción será simbólico.

Además, la corrupción y la falta de una autoridad palestina unificada amenazan con desviar los fondos o paralizar los proyectos. Si la ayuda se distribuye a través de facciones rivales, el dinero podría servir más para alimentar el poder político que para reconstruir hogares.

Netanyahu ante el abismo

El dilema, entonces, es existencial. Si Netanyahu ama verdaderamente a su país, su salida política más digna sería aceptar su derrota y rendir cuentas. Pero su trayectoria reciente muestra a un líder dispuesto a jugar al borde del abismo con tal de evitar caer en él.

Romper el acuerdo podría prolongar su supervivencia política; respetarlo, sin embargo, podría significar su final.

El futuro inmediato de Oriente Próximo —y quizá la estabilidad de buena parte del mundo— podría depender, una vez más, de las decisiones de un solo hombre. Un hombre que confunde el poder con la supervivencia.