8 de abril: 23 años sin couso
08-04-2026
Hoy se cumplen 23 años del asesinato del periodista José Couso en Irak. Su historia, como la de tantos otros mártires de la profesión, sigue viva como recordatorio del coraje de quienes se atreven a mirar y a mostrar lo que muchos querrían ocultar.

El 8 de abril de 2003, en Bagdad, un tanque del ejército estadounidense disparó contra el Hotel Palestina –imposible resultar más preciso el nombre–, donde se alojaban decenas de periodistas internacionales que cubrían la invasión de Irak. Entre ellos estaba José Couso. Murió haciendo su trabajo: mirar, grabar y contar. Veintitrés años después, su nombre sigue siendo una herida abierta para aquellos que amamos la profesión y, al mismo tiempo, un símbolo incómodo que obliga a hacerse una pregunta persistente: si algo ha cambiado realmente desde entonces.
La respuesta, si se observa el presente, resulta difícil de sostener sin cierta crudeza. Porque la guerra sigue teniendo un enemigo claro e internacional: quien la documenta. En la ofensiva sobre Gaza, el número de periodistas asesinados ha alcanzado cifras sin precedentes en la historia reciente. Desde octubre de 2023, más de doscientos cincuenta informadores han muerto, convirtiendo este conflicto en el más letal para la prensa del que se tiene registro. No se trata de casos aislados ni de errores puntuales en medio del caos: la magnitud de las cifras apunta a una realidad estructural en la que el periodista deja de ser un observador protegido para convertirse en objetivo o, en el mejor de los casos, en daño asumible.
En ese contexto, el asesinato de José Couso adquiere una dimensión que va más allá del recuerdo. Su caso nunca terminó de cerrarse del todo, ni jurídica ni moralmente. En España, un juez llegó a procesar a varios militares estadounidenses por delitos que incluían el asesinato y su posible encaje dentro de los crímenes contra la comunidad internacional, en el marco de la jurisdicción universal. La discusión de fondo era clara: si disparar contra un edificio identificado como refugio de prensa podía constituir un crimen de guerra. Sin embargo, el procedimiento fue finalmente archivado en 2015 tras la reforma de la justicia universal, sin que se llegara a celebrar juicio ni a depurar responsabilidades penales. La legalidad ofreció un cierre formal; la sensación de justicia, en cambio, quedó suspendida.

Esa distancia entre lo legal y lo justo es precisamente el terreno donde prospera la impunidad. El caso Couso no es solo la historia de un periodista asesinado, sino también la de un sistema incapaz —o no dispuesto— a exigir responsabilidades cuando estas afectan a actores con poder suficiente. Y ese patrón no pertenece únicamente al pasado. En conflictos actuales como el de Gaza, distintas organizaciones internacionales llevan meses alertando de la ausencia de investigaciones independientes y efectivas sobre la muerte de periodistas. La consecuencia es devastadora: no solo se pierde una vida, también se debilita la idea misma de que contar la guerra merece protección.
Para muchos de nosotros, además, la figura de Couso tiene un significado generacional particular. Quienes nacimos después de su muerte no vivimos aquel 8 de abril, ni vimos en directo las imágenes del impacto, ni seguimos las primeras reacciones. Y, sin embargo, crecimos con su historia. En facultades, en redacciones, en conversaciones sobre el oficio, su nombre aparece como una referencia constante. No como un mito distante, sino como una presencia que interpela: alguien que estuvo allí cuando estar allí implicaba asumir riesgos reales, alguien que entendió el periodismo como una forma de compromiso con la realidad, incluso en sus formas más incómodas.
Porque, en el fondo, lo que atraviesa su historia —y la de tantos periodistas que hoy siguen trabajando en zonas de conflicto— es una idea sencilla y radical a la vez: el coraje de atreverse a contar. Ser periodista en guerra no consiste únicamente en informar, sino en tomar decisiones constantes sobre dónde colocarse, qué mirar y qué mostrar. Es permanecer cuando otros se marchan, es sostener la mirada cuando todo empuja a apartarla. Y es, también, asumir que esa decisión puede tener un coste personal altísimo.
Hoy hay reporteros que siguen trabajando en esas mismas condiciones, conscientes de que la identificación como prensa no siempre protege, e incluso puede convertirse en un riesgo añadido. Esa realidad traza una línea directa entre Bagdad en 2003 y los conflictos actuales. No es una cuestión de memoria, sino de continuidad. La historia de José Couso no pertenece solo al pasado: sigue ocurriendo, con otros nombres, en otros lugares.
Recordarlo no es un gesto simbólico ni un ejercicio de nostalgia. Es, en última instancia, una forma de insistir en algo que sigue siendo incómodo para muchos: que sin periodistas no hay testigos, y sin testigos, la guerra se vuelve todavía más opaca, más impune y más fácil de olvidar.
Por tanto, recordar a José Couso, y a Julio Anguita Parrado, Ricardo Ortega, Julio Fuentes, Miguel Gil Moreno, Juantxu Rodríguez, Jordi Pujol Puente, Luis Valtueña, Luis Espinal, David Beriáin y Roberto Fraile no es solo un acto de memoria, sino una forma de continuidad. Todos ellos murieron haciendo lo mismo: intentar contar. Intentar acercar la guerra a quienes nunca la pisan. Intentar que el ruido de las bombas no silencie la verdad. Once periodistas españoles asesinados en conflictos desde 1980 lo recuerdan de forma brutal: no son casos aislados, son una lista. Y mientras esa lista siga creciendo, recordarlos será también una forma de resistencia.
En recuerdo de:
José Couso — 8 de abril de 2003, Bagdad (Irak)
Julio Anguita Parrado — abril de 2003, Irak
Ricardo Ortega — 7 de marzo de 2004, Haití
Julio Fuentes — 19 de noviembre de 2001, Afganistán
Miguel Gil Moreno — 24 de mayo de 2000, Sierra Leona
Juantxu Rodríguez — diciembre de 1989, Panamá
Jordi Pujol Puente — 1992, Sarajevo (Bosnia-Herzegovina)
Luis Valtueña — 1997, Ruanda
Luis Espinal — 22 de marzo de 1980, Bolivia
David Beriáin — 26 de abril de 2021, Burkina Faso
Roberto Fraile — 26 de abril de 2021, Burkina Faso
Y de tantos otros que dejaron su vida al servicio de su profesión. Que la tierra os sea leve.

