las manos embarradas

Mota del Cuervo, Cuenca

Entrar al taller de Claudia es como sumergirse en un espacio distópico. Miles de piezas de barro se acumulan a lo largo de toda la nave. Incluso unas encima de otras. Algunas cocidas, otras a la espera porque, como ella dice, no te ayuda nadie.

Es la segunda vez que la visito; la primera fue para La Tierra Olvidada. En ambas me ha recibido con la misma frase: «Traes todo el equipo de color negro, se te va a llenar de polvo. La próxima vez cómpralo blanco».

Su jovialidad no conoce límites. Su pasión por el oficio, aún menos. Desfilando por el estrecho camino que se ha ido formando entre los cántaros que llenan el lugar se llega a su torno, donde sucede todo. Mueve el barro con una precisión y una rapidez que hacen que uno entienda enseguida por qué hay tantos cántaros repartidos por el taller.

Toda su vida gira en torno al barro. Siempre lo ha hecho. A Claudia no le puedes preguntar sobre algo que no sea el barro: siempre consigue, con vehemencia, llevarte a su terreno y acabar hablándote de las orcillas y borondas que aún deben quedar en Madrid o del pico que juntaba su madre para subirlo a la galera.

Siempre es un placer escucharla. Su memoria, a sus 78 años, sigue inquebrantable. Recuerda cada detalle de su historia y de la de los cantareros de Mota del Cuervo. Recuerda los metros de los barreros y hasta dónde llegaban las mulas como si hubiera ocurrido ayer.

En realidad, hace muchos años, demasiados para contarlos, que eso ya no ocurre. La tradición alfarera que, como ella defiende, «a tantos dio de comer» en Mota del Cuervo se ha perdido. De manera casi folclórica hay quien intenta mantenerla y aprenderla, pero ella es quien sigue haciéndolo sin la pretensión de recuperar, de forma nostálgica, algo que ya no es. Claudia no concibe otra forma de vida.

Claudia es una mujer que te atropella. No puedes terminar una frase cuando a ella ya le han brillado los ojos y comienza a contar una nueva historia. También le brillan cuando le pregunto por su nieta, de Madrid, «el pueblo pequeño», como lo tilda ella. Ha conseguido transmitirle la pasión por un oficio casi extinto. No sé, ni ella tampoco, si es por miedo a que tras ella no quede nadie que lo haga o por pura pasión por el barro. Pero es indiferente.

En esta entrevista sí ha aparecido algo nuevo: un análisis medioambiental por su parte que la ha llevado a una conclusión que me repite en varias ocasiones: «Llévate cántaros, que el agua se va a acabar y os va a tocar volver a ellos». Me lo dice varias veces, con la misma naturalidad con la que me habla de los barreros o de las mulas. Es fascinante escuchar cómo alguien que lleva toda una vida trabajando con el barro interpreta también el futuro desde él.

Tras reír, reflexionar y admirar una vez más la jovialidad de Claudia, Rubén y yo recogemos todo y marchamos. De vuelta con lo mismo, Claudia nos despide al grito de: «¡Os habéis llenado todos los trastos de polvo!».